Promover la lectura con un voluntariado de buen corazón o la precarización de la mediación lectora

Promover la lectura con un voluntariado de buen corazón o la precarización de la mediación lectora

El texto no es un objeto, sino una “figura” del otro. La lectura no es un modo de conocimiento sino un compromiso con la alteridad de aquél que nunca es objeto.

Joan-Carles Mèlich

 

 

En México, en el marco de la llamada Estrategia Nacional de Lectura, durante las semanas recientes se han dado a conocer varias iniciativas institucionales convocando a la participación de “voluntarios” para integrarse en programas de animación y promoción de la lectura. Instituciones como la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), la Secretaría de Educación Pública (SEP), el Fondo de Cultura Económica (FCE) anuncian programas para acercar los libros a los lectores a través de distintas estrategias, que incluyen ocupar espacios para invitar a leer en distintas áreas de los planteles escolares de educación media superior y superior, hasta las bibliotecas púbicas y las librerías de la red EDUCAL; hacer sesiones de narración oral de historias; talleres de escritura de cuentos con un personaje prefigurado; realizar juegos de rol, entre otras.

Sin duda, es importante que estas instituciones se tomen en serio la tarea de organizar, promover, coordinar y llevar a cabo acciones para el ejercicio de la cultura escrita como un derecho cultural de toda la población, lo que me parece lamentable es que se busque el trabajo “voluntario” para la ejecución de tales proyectos. Y no se trata tan sólo de estudiantes que podrían cubrir el servicio social de sus carreras universitarias con su participación en estos programas, ni de personas jubiladas que tienen asegurada una pensión o de personas sin limitaciones económicas que desean realizar una “buena labor” por sus prójimos. No, también se trata de hombres y mujeres de distintas edades que necesitan generar ingresos para mantenerse a sí mismos o mantener a sus familias y que, con la esperanza de que podrían obtener alguna remuneración en algún momento, se inscriben y participan. Otros tantos, si bien es cierto, lo hacen con la convicción de que es positivo y necesario sumarse a estos proyectos porque el tema de la lectura les apasiona, aunque no reciban remuneración económica, y se conforman con una playera y una mochila o morralito con libros que luce un logo de la institución y que les identifique como promotores o mediadores de lectura. Y, en estos casos, motivación no falta, pues incluso pueden alcanzar ciertas categorías de tipos de promotor plata, oro… Motivo suficiente de orgullo para sentirse retribuidos, se infiere.

Conozco muchos mediadores y mediadoras de lectura y puedo constatar su compromiso y pasión con la promoción de la palabra escrita. Reconozco su labor y me parece que merecen una retribución económica por realizar un trabajo tan importante y digno como el de quienes ordenan, diseñan y coordinan esos programas y sí reciben remuneraciones, como es justo. El trabajo de los mediadores de lectura, como tal, implica esfuerzo, tiempo y gastos (para traslados, comidas, libros, etc.). Además de que ser mediador de lectura conlleva un ejercicio previo de formación que, en la mayoría de los casos, está cubierta por las instituciones, incluso se habla de “profesionalización” en esta materia. Por ello, me pregunto: ¿por qué el Estado y las instituciones educativas y culturales de nuestro país no destinan recursos suficientes para remunerarles de manera digna, una vez que les ha preparado y también en los casos en los que los mediadores se han formado por cuenta propia? Incluso se ha inventado una “certificación como promotor de lectura”, por parte de la Cámara Nacional de la Industria Editorial, en pleno ambiente empresarial del libro. ¿Para qué te serviría una certificación como esa?, ¿para ser cooptado como mediador de lectura legitimado y voluntario?

Por otra parte, quiero destacar que el primero de julio de 2018 voté por el cambio de gobierno mexicano y ganó mi opción elegida. Al día de hoy, apoyo diversas acciones que la administración actual lleva a cabo en materia de combate a la corrupción, atención a las comunidades migrantes y los programas sociales para personas en estado de pobreza, vulnerabilidad y estudiantes, entre otras. Pero no me parece aceptable que se hable de una Estrategia Nacional de Lectura y para su puesta en marcha se retomen las prácticas cuestionables de gobiernos  anteriores, como la de mantener proyectos con voluntarios, precarizando su trabajo como mediadores de lectura.

Tampoco estoy de acuerdo en que dicha estrategia se centre especialmente en acciones de animación y promoción de la lectura como eventos de entretenimiento que sólo  involucran a las comunidades como espectadoras y receptoras, ni en campañas de difusión que pregonen los beneficios de la lectura como se receta comer frutas y verduras, porque se da por hecho a priori su bondad. Y, en cambio, no se planteen estrategias para formar lectores y usuarios plenos de la cultura escrita, mediante acciones sostenidas que requerirían, entre otros asuntos: la participación activa de las comunidades; la remuneración digna de los mediadores de lectura, así como la formación de los docentes como mediadores de lectura; el fortalecimiento de las bibliotecas escolares; la puesta en marcha de proyectos de mediano y largo plazo en bibliotecas públicas como espacios generadores de desarrollo cultural comunitario, además de formar a las y los bibliotecarios como agentes culturales y mediadores de lectura, remunerarles decorosamente y, por supuesto, dotar los acervos con material actualizado y, sobre todo, con buenas colecciones de literatura infantil y juvenil, entre otras acciones.

En México se han hecho importantes programas de impulso a la lectura en distintos momentos y espacios, algunos tan relevantes como los Libros del Rincón y la creación de las Bibliotecas de Aula y Escolar, para la escuela pública de educación básica; el Programa Nacional de Salas de Lectura; la creación de la Red Nacional de Bibliotecas Públicas; los Clubes de Lectura en la Ciudad de México; así como campañas de difusión en medios de comunicación masiva, sin que se tengan datos significativos de un aumento de lectores derivado de éstas, pues en muchos casos se han disminuido o cancelado los recursos para estos programas y, en el caso de las campañas, no han tenido impacto porque de poco sirve declarar en favor de la lectura cuando estas enunciaciones resultan ajenas a la vida, las identidades y las prácticas de la mayoría de la población.

En cambio, paradójicamente, lo que ha crecido es un lamentable discurso discriminatorio que se ha posicionado dividiendo el mundo entre lectores y no lectores, privilegiando, obviamente, a los primeros. Como si ser lector fuera garantía de ser una mejor persona, en comparación con aquellos cuyas prácticas cotidianas no contemplan la lectura de libros ni de autores legitimados por las élites culturales. Hoy por hoy, hay una especie de mini-feudo lector, que se expresa en las redes sociales, en el que se gana prestigio enunciando cuánto se ama la lectura, cuántos libros se compran o se leen, a cuántas ferias del libro nacionales e internacionales se asiste o se aspira a ir y lo políticamente incorrecto o de mal gusto que es no ser lector. En este mini-feudo, muchos lectores se asumen como la nobleza culta frente a los que consideran no lectores, quienes equivalen, desde esta analogía, a las masas que evidencian su ignorancia y su falta de nobleza, por ejemplo, agregando un “s” al final de las conjugaciones en pasado de la segunda persona del singular y dicen “dijistes”, “fuistes”, “leístes”; o, peor aun, leyendo un libro de superación personal o uno de un autor excluido del canon legitimado…

Esto me recuerda cómo en la antigüedad cristiana, católica específicamente, se vendían indulgencias para asegurar un lugar el cielo. De manera parecida, he visto cómo se asume una cierta idea acerca de que ser lector y, sobre todo, ser lector-mediador-voluntario es algo así como ganar un cierto prestigio que te asegura un lugar en el cielo cultural o, por lo menos, te hace ser una buena persona por ser lectora y culta. Pero debo aclarar: no estoy diciendo que no haya muy buenas personas entre los mediadores y mediadoras. Lo que cuestiono es que los modos como se promueve este tipo de participación “voluntaria”, están demasiado cerca del indulgente asistencialismo, equivalente a una buena acción cristiana, condescendiente o buena onda: todo sea para expandir los milagros que la santa lectura promete a sus discípulos. De lo contrario, se reconocería esta labor, incluso por los mismos mediadores, como un trabajo profesional y digno de remuneración.

¿Sería mucho pedir que la mediación lectora fuera vista en la dimensión política que puede tener? ¿Será posible que las mediadores y mediadores de lectura reconozcan que merecen ser remunerados dignamente por su trabajo y trasciendan el lugar precarizado que se les ha vendido?

Hay demasiados libros y discursos que hacen elogios de los libros, la lectura y los lectores. No pongo en duda que estos objetos y esta práctica son poderosos. Yo misma he dedicado más de tres décadas de mi vida a trabajar con libros, lecturas y lectores, y una de las cosas que he comprobado es que más allá de panegíricos hacia la lectura, lo más poderoso y valioso en mi experiencia ha sido lo que sucede cuando se logra tejer un encuentro dialógico, cuyos hilos se sostienen con las palabras, las evocaciones, las ensoñaciones, las memorias, las reflexiones, los hallazgos, los asombros, las tensiones, las incertidumbres…, que nacen de las muchas lecturas que se inician a partir de la lectura de un texto escrito y que continúan con la lectura de los paisajes interiores de quienes nos compartimos en una sesión, de la lectura del mundo empírico, de la compartencia de las palabras propias y de las apropiadas.

En un buen número de esas experiencias mi trabajo ha sido remunerado, tanto por instituciones como por proyectos independientes; en muchas otras ocasiones no he recibido un solo peso (y algunas veces me han pagado el taxi o me han dado una canasta de dulces artesanales); sin embargo, he procurado que éstas ocasiones tengan un carácter solidario y un claro compromiso ético y político. Por lo que, en principio, estas participaciones no han sido al amparo de institución alguna, sino de iniciativas autónomas, comunitarias, rebeldes y, en ocasiones, apoyando proyectos que caminan en las grietas que se logran abrir en lo institucional como un acto de resistencia, incluso rebeldía, para buscar caminos educativos o culturales alternativos.

Por último, sobre mi posición acerca de los libros y la lectura, pienso que éstos no debieran limitarse, en ningún caso, pero menos como pate de una Estrategia Nacional de Lectura, a  ser el tema de una campaña publicitaria, ni un signo de distinción honoraria, mucho menos un motivo para discriminar a quienes no tienen “libros favoritos” que les “hayan cambiado la vida”. Tampoco pueden ser estos objetos y esta práctica el medio unívoco para el “desarrollo de habilidades comunicativas” o para “mejorar la comprensión lectora”.

Los libros y la lectura son, desde mi punto de vista, artilugios para el encuentro abierto al Otro, a la otredad que se abre ante mí como un territorio desconocido y, sin embargo, por conocer y reconocer; artilugios para compartir-nos compartiendo las palabras como se comparte el pan en una mesa con amigos y seres queridos; artilugios para sanar las soledades desoladas, los dolores metafísicos, el mal de amores, el egoísmo, los celos y tanto más; artilugios para el acompañamiento amoroso y comprometido en situaciones y momentos de adversidad; artilugios para reescribir nuestros relatos personales, y colectivos, y vislumbrar con ellos territorios e identidades preferidas; artilugios para fortalecer nuestros sueños y esperanzas, así como la agencia personal y colectiva; artilugios para la comprensión de las moradas interiores, propias y ajenas, así como del mundo empírico, tan complicado; artilugios para ayudar a construir el sentido de nuestro Ser y estar en el mundo: de nuestro Ser y estar con Otros en este mundo; artilugios que animan a ser solidarios y asumir un compromiso con los otros y, por ello, a buscar la construcción de mundo y vida digna para todos; artilugios para la hallar una voz propia, así como para motivar la acción política y transformadora… Artilugios que se activan a través de mediaciones que deben ser reconocidas y dignificadas con remuneraciones justas.